Haiti

La nación más pobre del hemisferio occidental no solo ha sido afectada por diferentes desastres naturales, el último de ellos el terremoto del martes, sino por una serie de dictaduras y conflictos internos que han condenado a su población a niveles de vida miserables.

A la ferocidad del desastre se suma la poca capacidad de respuesta de sus instituciones y la desidia de sus gobernantes. Una mirada a este país que el resto del continente parece no recordar.
Haití se convirtió en la primera república negra y el primer estado independiente del Caribe cuando expulsó el colonialismo francés y acabó con la esclavitud, después de una serie de guerras a principios del siglo XIX.
Sin embargo, décadas de pobreza, degradación ambiental, violencia, inestabilidad y dictaduras lo han convertido en el país más pobre de América.
La locación y cultura de Haití, un país mayoritariamente montañoso con un clima tropical, fueron en algún momento un atractivo para el turismo, pero la violencia y la inestabilidad, especialmente desde los años ochenta, ha disminuido severamente esta perspectiva.
Haití obtuvo notoriedad en el contexto mundial durante las brutales dictaduras de ‘Papa Doc' Duvalier y su hijo Jean Claude, ‘Baby Doc'. Decenas de miles fueron asesinados durante los 29 años de sus regímenes.
La esperanza de que la elección en 1990 de Jean Bertrand Aristide, un ex sacerdote, le llevara a este país un futuro más brillante quedó hecha pedazos después de que fuera derrocado por los militares poco después.
Aunque sanciones económicas y una intervención militar estadounidense forzaron el retorno de un gobierno constitucional en 1994 la fortuna de Haití no mejoró, con alegaciones de irregularidades electorales, ejecuciones extra judiciales, tortura y brutalidad.
Una sangrienta rebelión y la presión de los Estados Unidos y Francia forzaron la salida de Aristide del país en 2004.
Entonces, un liderazgo colegiado entre un gobierno interino y una fuerza de estabilización de la ONU se implantó. René Preval ganó las presidenciales de 2006 acabando con dos años de inexistencia de Jefatura de Estado en un país cuyo primer ministro, Jean-Max Bellerive, lleva en el poder apenas dos meses.
Pero aún así, Haití es un país plagado de violentas confrontaciones entre bandas rivales y grupos políticos. Naciones Unidas ha descrito la situación de derechos humanos de esta nación como "catastrófica".
Mientras tanto, se mantiene el mayor problema social que es la gran inequidad entre los empobrecidos nativos creole de raza negra, que son la mayoría de los haitianos, y la minoría de habla francesa, un 1% que se distribuye más del 50 % de la riqueza del país.
La población con acceso regular al agua potable rondaba el 5% antes del sismo. Esto, añadido a la enorme prevalencia del virus del sida y a la desestructuración social del país redunda en que la esperanza de vida en Haití es de las más bajas del planeta, llega sólo los 55 años.
Muchos haitianos buscan una mejor vida en los Estados Unidos o en otras naciones del Caribe, incluyendo la vecina República Dominicana, que es el hogar de miles de estos refugiados.
Como si fuera poco, la infraestructura ha colapsado y el tráfico de drogas ha corrompido el sistema judicial y la Policía.
En el pasado, Haití estuvo muy mal equipado para lidiar con las secuelas de tormentas tropicales y las severas inundaciones que la deforestación ha causado. Lo cual causa gran preocupación entre los diferentes organismos internacionales a la luz de esta nueva tragedia de muchas mayores proporciones.

Para un país con estas cifras de pobreza e ineficiencia será muy difícil lidiar con la destrucción que ha causado uno de los mayores terremotos en la historia del continente en años recientes.
Solo hasta las primeras horas de la madrugada el Gobierno comenzó a tomar algunas decisiones, pero se teme que la vida de cientos de personas esté en riesgo por el mal equipamiento que tienen los servicios de emergencia de ese país.
El otro problema de Haití será también lidiar no solo con la atención primaria requerida en las primeras horas del desastre sino en la reconstrucción económica y social de un país, ya de por sí deshecho por la pobreza y el olvido.